Yo fui libre de la soledad de mi alma






Comencé a sentirme sola, cuando me aparté de Dios, al término de una relación, pues ponía a mi novio en primer lugar. No encontraba una razón para vivir, a pesar de tener buenas relaciones y tener amigos.

No creía en la felicidad en el amor, por eso, daba vueltas una relación que no quería, sólo para tener compañía.

Me hablaban que yo debería ser más agradecida por tener una buena familia, un buen empleo, porque me iba bien en los estudios y porque no me faltaba nada. Pero, nadie entendía mi tristeza constante. El peor momento fue cuando intenté el suicidio, ahí reflexioné, sobre cómo era mi vida antes de alejarme de Dios y recordé como yo era feliz. Entonces, decidí buscar ayuda. Mi mamá era una mujer de fe, ella participaba en la Universal y nunca dejó de pedirle a Dios por mí. La acompañé a las reuniones y empecé a mirar la vida de forma diferente, mucho más positiva. Después de mi liberación espiritual, al ser libre de todo aquello que enfermaba mi alma. Busqué el Espíritu Santo, abandoné todo lo que me alejaba de Dios y me entregué por completo a Él, entonces recibí el regalo más grande que alguien puede tener, el Espíritu Santo.

Hoy, aún enfrento situaciones difíciles, pero mi fe es una gran pilar. Mi mamá falleció en julio de 2020 por complicaciones del Covid-19, yo también fui contagiada, y mi mente fue bombardeada de todas as formas posibles, pero, cuando el miedo me tentaba, yo recordaba la frase: “El día malo vendrá, pero tenemos que estar preparados”.

Cada vez que la soledad intentó volver, recurrí al Espíritu Santo, quien siempre me orienta. Vivo sola hace ocho meses, pero, hoy, me siento en paz, feliz y los momentos de intimidad con Dios sólo crecen. Él me completa en todo.

Gabriele Lima