Pascua: el sacrificio que marcó la liberación del pueblo de Dios
- 30 mar
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El paso de Egipto a la cruz revela el plan de Dios para salvar a la humanidad y nos invita a tomar una decisión de fe
La Pascua revela el punto de partida para comprender el verdadero significado de esta fecha, o Pésaj, como es conocida entre los judíos. Más que una tradición religiosa, este período fue establecido por el propio Dios como un memorial de Su deseo de liberar al ser humano de la esclavitud, tanto física como espiritual.
A lo largo de la historia bíblica, dos acontecimientos centrales marcan esta fecha y revelan un mismo propósito divino: la liberación de Su pueblo.
La liberación de los hebreos en Egipto
En primer lugar, la Pascua remite a la liberación de los hebreos de la esclavitud en Egipto. Dios le había prometido a Abraham que haría de su descendencia una gran nación. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese pueblo se convirtió en esclavo.
Ante esa situación, el Señor levantó a Moisés para conducir a los hebreos hacia la libertad, llevándolos rumbo a la Tierra Prometida, Canaán. Pero antes de la salida definitiva, Dios dio una instrucción específica: cada familia debía separar un cordero sin defecto, sacrificarlo y marcar las puertas con su sangre.
Ese acto no era solo simbólico. Al contrario, representaba protección y liberación, pues aquella noche el juicio pasaría por Egipto, pero todos los que estuvieran bajo la señal de la sangre serían preservados.
Así, aquel momento quedó marcado como «pasaje» o «tránsito», cuando la muerte no alcanzó a quienes obedecieron la Palabra de Dios.
Un paralelo con el sacrificio de Jesús
Por otro lado, ese episodio no se limita al pasado. Señala directamente a un acontecimiento aún mayor: el sacrificio del Señor Jesús.
Siglos después, el propio Juan el Bautista presentó a Jesús con una declaración reveladora:
«He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Es decir, así como la sangre del cordero libró a los hebreos de la muerte física, la sangre de Cristo libera de la muerte espiritual.
De esa forma, los dos eventos «dialogan» entre sí y llevan el mismo mensaje: Dios desea salvar, liberar y darles una nueva vida a quienes creen.
Además, el sacrificio siempre estuvo presente en la historia del pueblo de Dios. El propio Abraham demostró fe al obedecer sin reservas. Sin embargo, fue en el Señor Jesús que ese sacrificio alcanzó su expresión máxima, entregando Su vida por la humanidad.
La institución de una nueva alianza
En este contexto, como explica el obispo Edir Macedo en su libro En los pasos de Jesús, aunque el Señor Jesús participó de la Pascua antes de instituir la Santa Cena, a partir de ella estableció una nueva forma de celebrar la liberación espiritual.
Mientras que la Pascua marcó la liberación de los judíos en Egipto, la Santa Cena pasó a representar, para todos los que creen, la liberación del pecado y de la condenación eterna.
Por lo tanto, se trata de la continuidad del plan de Dios, ahora accesible a todos los que aceptan al Señor Jesús como Salvador.
Un mensaje actual
Más allá del aspecto histórico y espiritual, el mensaje de la Pascua sigue siendo actual, por ello no debe verse solo como un evento del pasado, sino como una oportunidad presente de liberación.
Cada persona necesita identificar de qué tipo de «esclavitud» debe ser liberada —sean sentimientos, errores o decisiones que la alejan de Dios— y tomar una decisión práctica de cambio.
Un llamado a la transformación
La Pascua es una invitación directa a la transformación. Más que recordar acontecimientos históricos, exige una respuesta individual.
Así como en Egipto fue necesario actuar —separar el cordero y marcar las puertas— hoy también es preciso tener actitud: creer, obedecer y vivir de acuerdo con la Palabra de Dios.
Por lo tanto, en esta Pascua, la pregunta es: ¿solo has celebrado la fecha o realmente has vivido la liberación que ella representa?



