Vivía sin perspectivas


Tanto mi abuela como mi madre habían padecido con depresión y a mi me había tocado heredar esta terrible enfermedad que condiciona el estado emocional de las personas. No sentía que tuviera una perspectiva clara de lo que quería para mi futuro, estaba llevando una vida escasa de conquistas.

El tiempo transcurría y veía la vida pasar frente a mis ojos, me sentía atornillada a las circunstancias que rodeaban mi vida en ese momento. Harta de mí misma opté por tomar un cóctel de pastillas con la intensión de quitarme la vida. Afortunadamente, pude sobrevivir a mi propio atentado, pensé que la solución para callar los pensamientos suicidas era entregarme al alcohol y a los estupefacientes.

Pretendía ser feliz, trataba de llenar ese vacío en mi corazón con la falsa felicidad que me provocaba llevar una vida nocturna entre tragos y bailes.

Un día, una persona conocida me invitó a asistir, sin ningún tipo de compromiso, a la Iglesia Universal, un lugar donde conocí a verdaderos amigos que me brindaron ese apoyo emocional que tanto necesitaba. Probé, asistiendo a las reuniones y aceptando obedecer la palabra de Dios y fui libre.

Aconsejo a cualquier persona que se encuentre desorientada a acercarse a la Iglesia Universal y entregarse con fe a Dios y buscar lo más importante el Espíritu Santo, pues, sólo a través de Él será realmente feliz.

Monserrath G.